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Sunday, August 13, 2017

Elogio del reguetonero


Una vez más la han cogido con los reguetoneros. De nuevo, como hace unos seis años hizo Abel Prieto, los guardianes de la cultura revolucionaria cubana se horrorizan ante la popularidad del reguetón y no solo se quejan del mal gusto imperante, sino que, como Marylin Bobes y Guille Vilar en la más reciente entrega de La Jiribilla, apuestan por la canción inteligente. Como necesitan echar mano de alguien con popularidad, pues enarbolan al dúo Buena Fe como estandarte para oponer al auge de los reguetoneros, que ocupan las ondas sonoras de la isla e incluso de Miami.

Hasta Carlos Varela se ha sumado a la queja, alegando, en la revista Vistar, que el mercado de la música cubana está invadido de mal gusto y lo que se ve en la televisión son “canciones vacías, que no dicen nada y tarde o temprano la gente las va a cambiar por otra, la nueva hamburguesa musical del top que comienza esta semana”. Quizá no le falte razón, pero lo único que ha hecho es definir la forma en que se mueve la música popular.

Los jerarcas de la alta cultura, y quienes se arrodillan ante ellos, quisieran que en Cuba solamente se trasmitiera música de Silvio Rodríguez y de sus clones. Quieren imponer el gusto musical por decreto y se niegan a aceptar el deseo del pueblo, porque popular es lo que gusta independientemente de mi gusto.

Desde que los Castro tomaron el poder hay una voluntad de imponer un gusto y una cultura que “represente” los supuestos valores de la Revolución. Los cantantes cubanos que dieron gloria a la música cubana: Olga Guillot, Rolando Laserie, Blanca Rosa Gil, Celia Cruz, Guillermo Portabales y muchos otros, fueron de los primeros en zafarle el cuerpo a la hecatombe revolucionaria que se les venía encima. Lo gobernantes decidieron borrarlos de la memoria musical oficial y trataron de crear una música de su agrado y que representara su imagen heroica (y el Comandante en Jefe nunca tuvo oído musical).

Ningún ritmo popular se ha podido establecer de forma espontánea. Ante el éxito de lo indeseado, el gobierno interviene y disuelve las agrupaciones. El Mozambique a mediados de los sesenta, parecía levantar en popularidad, pero técnicamente era difícil de popularizar y aparte de que los intérpretes de la banda de Pello el Afrokan tenían, en su mayoría, antecedentes penales (no Pello, Pedro Izquierdo, que era un camarada militante del Partido Comunista), atraían un público y un ambiente que no “representaba” a la Revolución. Los Zafiros tuvieron su momento de triunfo, pero su música se parecía demasiado a la de los Platters y eran demasiado borrachos.

Por razones similares se les quitó apoyo a las orquestas típicas (la orquesta de Fajardo se diezmó en uno de sus viajes), ya que el elemento que las componía no era tampoco del agrado de los jerarcas. Se les limitó a tocar en los bailes populares. Adiós Estrellas Cubanas, Sensación, Neno González y otras tantas. Solamente quedó la Aragón, de indiscutible calidad, liderada por el también militante del partido Rafael Lay. Pero se frenó el movimiento.

Silvio tuvo un éxito inesperado con su programa de televisión y para consternación de algunos cuadros dirigentes fue aceptado por la cúpula. Ante una posible defenestración, puso su música al servicio de las autoridades culturales, sacaron a Pablo Milanés del filin (otro género que ganaba popularidad pero cuyos intérpretes representaba el pasado, a pesar de la militancia de César Portillo de la Luz) y con la ayuda de Noel Nicola y Alfredo Guevara, surgió la Nueva Trova, que pasó de heredera de los Beatles y Bob Dylan, a heredera de la antorcha de los viejos trovero santiagueros. Esa fue la primera música que pudo ser impuesta con éxito, apadrinada en gran medida por Aida Santamaria.

A principios de 1969, Juan Formell se separó de Elio Revé y creó Los Van Van, con un sonido verdaderamente renovador dentro de la línea de las orquestas típicas. Pero empezando con un nombre que ya intencionalmente agradaba a la nomenclatura, y a pesar del desastre de los diez millones, Formell puso su música al servicio del gobierno para garantizar su estancia en el favor popular. Con sus declaraciones públicas en favor del gobierno, deshacía la velada virulencia crítica de algunos de sus temas.

No ha habido en estos casi sesenta años ningún movimiento de música popular que, tras espontáneamente haber atraído el gusto popular se haya mantenido en contra de las directivas de los mandos culturales. Los raperos fueron absorbidos por las instituciones que moderaron su mensaje o simplemente los lanzaron al olvido. Los roqueros siempre se han tenido que limitar a recibir migajas y ser mirados con recelo. El jazz es otra cosa, porque hace mucho tiempo que no es música popular.

Sin embargo, los reguetoneros han impuesto sus ritmos y sus letras muy a pesar de las autoridades culturales y de sus compañeros de gremio. No han cedido un milímetro en sus mensajes y se han mantenido en pie. Es el primer movimiento musical espontáneo que se ha mantenido a contracorriente de las autoridades culturales.

Yo fui novio de Lorenza,
una vieja quincallera
que de cada sobaquera
se podían hacer dos trenzas.
A mi­ me daba vergüenza
y la mantení­a a raya
que desde el cuerpo a la raya
el churre se hacía tabacos.
Si asi eran en los sobacos
¡como será en la quincalla!

No, esa no es letra de reguetoneros, sino de Faustino Oramas (1911-2007), conocido como El Guayabero y considerado un icono del doble sentido de la música cubana. No es una letra muy diferente del Chupi Chupi o de Bailando o de Hasta que se seque el Malecón, pero Candela, una de sus composiciones, fue incluida en el disco del Buena Vista Social Club. Los que hoy se quejan del mal gusto imperante, olvidan ésta y muchas otras letras similares, siempre presentes en la música popular cubana.

No es que me guste el reguetón, aunque lo prefiero a la salsa. Tampoco me gusta su mensaje misógino. Pero no puedo dejar de reconocer de que más allá de que algunas de sus canciones son pegajosas, se han mantenido ahí, en contra de la crítica de autoridades y “colegas”. A pesar del paternalismo con el cual han sido enjuiciados por los “intelectuales”. No puedo dejar de alegrarme cuando algún movimiento musical se impone, espontáneamente, al afán del control cultural del gobierno cubano. Tampoco me hago ilusiones, una de las razones por la cual los reguetoneros han sido aceptados es porque triunfan también en Miami y sus integrantes salen y regresan al país, por lo que se han convertido en una fuente de ingreso de dólares. A las autoridades no les queda más remedio que tolerar la ostentación de materialismo pueril que aparece en sus videos, su degradación de la mujer como objeto comercial de sexo y en general, su alarde de malas costumbres. Eso es lo que el pueblo quiere ver
.
Además, se quejan de la ascensión del mal gusto, pero qué otra cosa se puede esperar en un país en donde la educación ha decaído año tras año, en el cual los jóvenes no tienen opciones viables para su futuro, en donde la palabra vocación ha desaparecido del diccionario cotidiano, la represión es una constante y la sobrevivencia es lo único que cuenta. Un país aislado del contacto fluido con el resto del mundo, al cual se le dosifica el flujo de información que puede recibir y se le mantiene en una miseria material y existencial penosa.

Brindo por el triunfo de los reguetoneros (a los cuales confieso que no tengo que oir y Dios me ha librado de Buena Fe), porque son un triunfo de la voluntad popular sobre el decreto ideológico.


Roberto Madrigal

Tuesday, July 18, 2017

Dos microcuentos



Estos son dos de una serie de microcuentos que espero lleguen a incorporarse en un libro, aunque para tener una cantidad suficiente de páginas me va a tomar bastante.

III
-Si me cuentas más o menos la mitad de tus secretos, eres sincera.
-¿Y si te lo digo todo?
-Entonces pasas de sincera a comemierda.

XV

-Mátalo.
-¡Pero si es un ser humano!
-Por eso mismo.


Roberto Madrigal

Thursday, June 22, 2017

Por ahi anda un poeta (In Memoriam)


 Hace tres años publiqué este artículo. Respondía a unos hipócritas y paniaguados rescates culturales que se hicieron sobre algunas figuras, ya convenientemente muertas en el exilio, de la literatura marginal cubana. Me molestó y me resultó curioso que a Rogelio Fabio, uno de los más importantes, quien aún vivía olvidado en Cuba, no se le prestara atención, sino que se le dejara en las orillas, que fuera incluso ignorado a la hora de contribuir con información acerca de los cadáveres rescatados, quienes fueron sus amigos. Reproduzco aquí este homenaje de entonces, en memoria del amigo que acaba de morir. Hasta la vista Rogelio. Que nunca se apague el recuerdo.

Roberto Madrigal


Este año se cumple el centenario de Gastón Baquero. Un excelente poeta que no se limitó a escribir poesía, sino que dentro de sus posibilidades, ayudó a muchos otros poetas, sin embargo, una vez que abandonó Cuba por su exilio madrileño, fue una de las mayores víctimas del ostracismo perpetrado por las tropas de choque cultural del régimen que decidió evadir. Incluso sus antiguos amigos y beneficiarios (y aquí se puede incluir a Lezama, a Cintio Vitier y a Eliseo Diego) se hicieron cómplices de la campaña, mencionando su nombre, si acaso, en voz baja, como para evitar resonancias, y en conversaciones muy privadas. Algunos esperaron décadas para que se les permitiera fundirse de nuevo en un abrazo hipócrita. Los intelectuales cubanos han hecho un hábito de pedir permiso.

Pero no es de Baquero de quien quiero hablar pues (espero) que este año muchos otros hablarán de él mucho mejor de lo que pudiera yo hacer. Es que a propósito de su efeméride, se me ocurre que dado los recientes rescates culturales de figuras como Esteban Luis Cárdenas, Guillermo Rosales y Carlos Victoria, todos fallecidos, por qué no incorporan a una figura viviente de esa generación. Me refiero al poeta Rogelio Fabio Hurtado.

No me estoy haciendo el ingenuo, sino que si es cierto que se quieren reparar “olvidos” y rectificar “errores”, ahora que hasta Raúl Castro habla mal de la Revolución, no debe haber motivos para estudiar la figura de uno de los mejores poetas de esa generación, que además está vivo y puede aportar valiosas informaciones a los estudiosos de los escritores de esos años, los que Manuel Ballagas y yo bautizamos hace años como la “Generación del silencio”.

Hurtado (La Habana 1946) trabaja cuidadosamente la poesía desde
los años sesenta, nunca ha dejado de hacerlo. Nunca ha sido
miembro de la UNEAC ni ha recibido elogios de ninguna
publicación oficial ni premios de ninguna organización
gubernamental. Cuando Ernesto Cardenal fue a Cuba, Hurtado se le
acercó para hablarle de la realidad cubana y le enseñó sus poemas.
Tan impresionado quedó el poeta nicaragüense, que le publicó dos
de ellos en su libro En Cuba, lo cual le trajo los primeros
problemas a Hurtado. Después lo incorporó a su antología Poesía
cubana de la Revolución (Ed. Extemporáneos, México, 1976).

Fue profesor de español en una facultad obrera hasta que llegó el Mariel, puerto por el cual casi todos sus amigos nos marchamos. Fue expulsado poco después y para sobrevivir se convirtió en vendedor de flores, cuando eso era una ocupación prohibida. Así sobrevivió por muchos años, ya que no ha querido irse, aceptando continuar su obra poética bajo el aplastante peso de la Historia.

En 1996 publicó su primer libro en Miami, durante una visita temporal. El poeta entre dos tigres (Editorial La Torre de papel, Miami 1996), recoge veintiún poemas escritos entre 1970 y 1986, en uno de los cuales expresa su situación existencial: “En esta solitaria, atómica, mañana de noviembre/ no siendo yo accionista ni dirigente/ sino un antiquísimo bebedor de pésima cerveza/ ofrezco para todos cuarto en mi corazón/ paz desde esta cuartilla”. Se define aún más en el poema que da título al libro cuando dice: “Al poeta le encanta/ parecer blanco entre los rojos/ y rojo entre los blancos. Siente/ una apasionada inclinación por las minorías/ Considera aristocrático/ avanzar hacia la derrota”.

En 1993 fue incluido en la antología El desierto que canta: poesía “underground” cubana  editado por el Endowment for Cuban American Studies, Washington, DC. Ganó en el 2004 el premio Vitral que concedía la revista católica pinareña del mismo nombre, por su libro Hurrá y otras elegías que fue publicado en 2005 por las ediciones Vitral. También ganó hace muchos años el premio de poesía de la arquidiócesis de La Habana.

Ha podido leer sus poemas recientemente, en la peña que organiza el incansable Joaquín Gálvez en el Café Demetrio de Miami. Por otra parte, se ha mantenido ejerciendo periodismo disidente y publica con regularidad una columna en el sitio Primavera Digital. También ha aparecido en la revista Voces, ese esfuerzo de Yoani Sánchez, Reinaldo Escobar, Orlando Luis Pardo Lazo y ahora en manos de María Matienzo. Dos trabajos suyos aparecen en el libro Cuba in Focus editado este año por Ted Henken, Miriam Celaya y Dimas Castellanos.

Los arqueólogos culturales no parecen haber detectado su presencia. Es curioso que hace unos años Hurtado escribió un poema que parece premonitorio: “La poesía me olvida y encanezco/ no sentirme siquiera vigilado/ así es vivir ahogarse de aburrido”. Pero estos estudiosos, si fueran verdaderamente responsables, debieran ocuparse de este poeta, del cual aprenderían mucho. Les advierto que aunque es un hombre que jamás ha tenido nada malo que decir de nadie y no parece conocer del odio ni del resentimiento, puede ser bastante incómodo, porque no se transa, va a nombrar las cosas como las ve y como las ha sufrido. No va a ser condescendiente ni va a complacer ningún tipo de peticiones. A ver si se atreven.




Nota: Poco después de publicado este artículo me llegó este poema de Jorge Luis Arcos que creo sirve de excelente complemento, para leerlo pinche:  http://archdil1.blogspot.com/2014/01/un-poema-dejorge-arcos-este-es-un-poema.html

Roberto Madrigal

Monday, May 1, 2017

Censura, censores y censurados


El tema es tan viejo como el castrismo. La censura nunca ha dejado de ejercerse en Cuba. Quizá la tenacidad, el celo y la eficiencia han flaqueado por momentos, pero el ojo represor ha sido una constante. No me refiero a la censura en otros lares.

Cultura y educación son la última frontera, la última línea de defensa de los totalitarios. Son los mecanismos a través de los cuales se moldea el pensamiento de los jóvenes, se elabora la imagen pública del gobierno, se distorsiona la información y se establecen los límites del cuestionamiento. El dólar puede ser despenalizado, los pequeños negocios pueden florecer con límites y los miembros de la nomenklatura tienen derecho a enriquecerse, pero tiene que ser riqueza con conciencia revolucionaria. Después de la cultura, el veril.

Los casos recientes de los filmes Santa y Andrés, de Carlos Lechuga y Nadie, de Miguel Coyula, asi como las expulsiones del recinto universitario de Las Villas  de la profesora Dalila Rodríguez y de la estudiante de periodismo Karla María Pérez González, ilustran un vez más, la importancia que el gobierno cubano otorga a la cultura y la educación como mecanismos de control.  Las masas se ilustran a conveniencia del estado.

Las universidades son de los revolucionarios. Dalila cometió el delito inevitable de ser hija de un disidente y probablemente de no haber renunciado a él, como en los viejos tiempos. Karla se atrevió a sumarse a un grupo juvenil opositor. En un artículo recién publicado en La pupila insomne el profesor Rafael Plá León, “filósofo y profesor de disciplinas filosóficas” según apunta el portal EcuRed, filosofa en un galimatías, sobre la vigencia del lema “que nos enseñó Fidel en el fragor del proceso que se bautizó como profundización de la conciencia revolucionaria en el curso 1979-80: ‘La universidad es para los revolucionarios’…porque no es excluyente para los que no son revolucionarios…pero sí pone en su lugar al contrarrevolucionario…simplemente sienta las bases de la hegemonía revolucionaria en la Universidad como una de las conquistas históricas de la Revolución”. Por supuesto, el censor se reserva el derecho de definir a los revolucionarios, a los no revolucionarios y a los contrarrevolucionarios según le convenga. La censura es difusamente definida, el censor es antojadizo.


Una cosa está clara, se puede criticar a los revolucionarios y a los socialistas, pero no a la Revolución ni al Socialismo, y mucho menos la figura de Fidel Castro. Como ya dijeron antes, en otro lema ridículo, los hombres mueren y el partido es inmortal. Ese es el postulado, el dogma inviolable que rige la censura.

Santa y Andrés se atrevió, mediante un juego narrativo con el tiempo, a querer decir que la censura del libre pensamiento y la represión a los homosexuales, no fueron un episodio superado en la historia del castrismo, un error coyuntural. De eso se dio cuenta uno que en su momento fue censurado y ahora es censor diligente, el poeta y profesor Guillermo Rodríguez Rivera y lo expresó en un artículo que recientemente publicó en el blog de Silvio Rodríguez. En su artículo aboga por el diálogo y el entendimiento, pero con su análisis, emplaza al filme y lo pone sutilmente en la picota.

Los censores son todos aquellos que por miedo, por celo, por estupidez, por frustraciones personales y ambiciones delirantes, se prestan a ejercer la censura, a aplicarla de la forma más estricta posible. Algunos son inteligentes, muchos otros son ignorantes y se sienten inseguros.

Los censores ejecutan actos de diverso tipo. Desde los que son capaces de acabar con la carrera literaria (en la isla), de Heberto Padilla y de Reinaldo Arenas, hasta los tragicómicos (comedia para el observador, tragedia para quien sufre la censura), que castigan a una pobre editora por no haber eliminado la frase “abajo el comandante en jefe” de…La guerra de las salamandras (un caso real), sin importar que la novela fuera originalmente publicada en 1936 y que el autor hubiera muerto en 1938.

Es difícil acusar a las víctimas del crimen del cual son sujetos. Pero los censurados, en muchos casos, se convierten en cómplices de los censores (y algunos terminan de censores, como es el caso de Miguel Barnet). Dominados por el miedo, empiezan con la autocensura y luego si se les escapa algo y son atrapados en la telaraña del censor, comienzan a justificarse disfrazando sus verdaderas intenciones con excusas inexcusables. El propio Lechuga, en un momento de debilidad se quejó de la censura y habló de que él siempre se “había portado bien”, tratando de pedir redención aludiendo al oficio de carnero. Pero luego se le pasó.

Por temores justificados e injustificados, pero nunca justificables, la mayoría de los intelectuales y artistas cubanos, también por el afán de pertenecer al canon isleño, se dedican a pedir migajas. Expresan sus desacuerdos pidiendo comprensión al censor. He ahí al grupo G20 que pide una ley de cine y trata de gestionar no se sabe qué con el ICAIC. No se comprometen a defender a sus compañeros caídos, como fue el reciente caso del cineasta Juan Carlos Cremata, sino a pedir pequeños cambios para moverse mejor en el futuro. Por cierto, llevan como tres años en el asunto y no han conseguido nada todavía.

La censura es el arma poderosa que mantiene la cultura y la educación como arma de dominación política, los censores son los funcionaros diligentes que la interpretan con la mayor ortodoxia posible, sin el  menor sentido del humor, los censurados, si no terminan habitando el reino del silencio o poniendo pies en polvorosa, se convierten en cómplices de la censura y del censor, porque hay cosas que son herméticas, y ellos lo saben bien.


Roberto Madrigal

Sunday, March 19, 2017

De mal en peor (bis)

Hace tres años y medio que publiqué esto. Casi todo lo aquí predicho se ha ido cumpliendo. Se pueden añadir muchas otras causas a los males que aquejan al béisbol cubano, que no es más que un reflejo de lo que pasa en el país. No soy vidente, pero las causas y razones aquí enunciadas se mantienen vigentes. La decadencia es imparable. En los años que han pasado desde la escritura de este artículo, se han largado para las Grandes Ligas todo lo que valió y brilló en a pelota cubana y mucho que tampoco sirve para nada.

La reciente eliminación del equipo cubano de béisbol en el Clásico Mundial a manos de los tulipanes holandeses, no ha hecho más que añadir evidencia a lo que desde que los peloteros profesionales comenzaron a participar en los eventos beisboleros internacionales se ha hecho obvio: el imparable declive de ese deporte en Cuba. El equipo nacional cubano, que por décadas campeó por sus respetos cuando enfrentaban a colegiales y a jugadores aficionados, convirtiéndose en el coloso de los eventos internacionales, hoy en día es un equipo más (o un equipo menos).

Las razones más obvias se conocen bien. Más de cincuenta años de aislamiento del béisbol más competitivo, la continua miseria económica que hace que ni siquiera los estadios más importantes reciban el mantenimiento adecuado y las crecientes defecciones de algunos de sus mejores atletas, para no continuar lloviendo sobre mojado, han afectado la calidad de juego. No es culpa de los atletas ni falta de talento, pero cuando en cualquier campo se limita el desarrollo profesional, la merma cualitativa es su consecuencia.

A esto se suman factores externos, como la creciente globalización del deporte, a la cual los jugadores de la isla tienen poco que aportar, ya que como único pueden hacerlo es exilándose. Hoy en día hay peloteros cubanos en las ligas españolas, italianas, brasileñas y de muchas otras naciones en las cuales este deporte era, hasta hace bien poco, un evento marginal. La ya mencionada participación de los jugadores de las grandes ligas y de las ligas menores americanas, en las cuales a su vez, cada día participan más atletas de todas partes del mundo y la eliminación del béisbol de los juegos olímpicos.

Las nuevas generaciones tampoco se inclinan al béisbol, que es un juego lento y apacible, que nunca se sabe cuándo termina porque tiene su propia medida del tiempo. Lo sostiene la tradición que tiene en Cuba y el hecho de que todavía es, al menos en Cuba, el deporte con más equipos y cuyos jugadores tienen más longevidad, factores que inciden en la decisión de un joven de hacer una carrera deportiva. Pero no hay más que ver la creciente afición por el fútbol profesional, en un país donde no hay un jugador ni un equipo que valga la pena en ese deporte. Los jóvenes cubanos se han convertido en fanáticos de equipos profesionales como el Barcelona y el Real Madrid, a quienes solo pueden ver en televisión y de quienes se encuentran a más de siete mil kilómetros.

Pero si los cambios siguen como van con la economía cubana y como ya se ha anunciado en la arena cultural, en la cual se va a considerar la rentabilidad de los proyectos, los fanáticos de la isla van a enfrentar permutaciones drásticas. Es prácticamente imposible mantener presupuesto realista para tener una serie nacional con dieciocho equipos con el objetivo de continuar alimentando el provinciano orgullo provincial. Si el béisbol se ha mantenido hasta ahora por encima de consideraciones económicas es porque es el deporte favorito de Fidel Castro, el Fanático-en-jefe. Pero a Raúl Castro no le interesa mucho el béisbol. Se impondrá una profunda restructuración que no será del agrado de muchos.

Otros cambios que se avecinarían sería la necesidad de volver a una estructura similar a la que existía antes de la llegada de Castro. Unas ligas aficionadas patrocinadas por empresas, sindicatos o agrupaciones profesionales y una liga invernal profesional que sirviera de finca de recría para los equipos de las grandes ligas, en la cual los equipos serían franquicias de estos y jugarían no solamente peloteros cubanos, sino todos aquellos que necesitan afinar sus habilidades durante los meses de invierno, como ocurre en República Dominicana, Venezuela y otros países del área. Por supuesto, el corolario de esto sería permitir a los peloteros cubanos viajar libremente a los Estados Unidos para jugar en los equipos de las ligas mayores. Pero esto no puede suceder por el momento ni en un futuro inmediato. El embargo no permite que los cazadores de talento puedan ir a Cuba a contratar legalmente a nadie, ni que se le puedan pagar salarios a residentes de la isla, ni los equipos de las mayores pueden establecer franquicias allá. Eso solamente vendrá cuando se produzcan cambios realmente drásticos en la política cubana. Por el momento, las defecciones continuarán como única opción para el desarrollo profesional de los peloteros de la isla.

Roberto Madrigal

Sunday, February 12, 2017

Senda tenebrosa


No hay dudas de que la prensa americana está tremendamente parcializada en contra del presidente Trump. Ello no justifica que a su vez Trump insista, con su lenguaje simplón, voraz y divisivo, en atacar la credibilidad de la prensa y las instituciones de inteligencia del gobierno americano. A su vez, la reacción de la prensa a este ataque se desplaza por una senda tenebrosa que podría resultar en su propia incriminación. La tergiversación y las medias verdades no llevan a ninguna parte.

Recientemente, durante una entrevista que fue trasmitida antes del Super Bowl, el periodista Bill O’Reilly le preguntó al presidente acerca de cómo establecer una relación positiva con Vladimir Putin quien, en palabras del propio O’Reilly, es un “asesino”. La respuesta de Trump sorprendió a todos. Dijo que tampoco los americanos “somos tan inocentes, también tenemos nuestros asesinos”. Lo cual es una realidad, pero nunca había sido abiertamente expresada o reconocida por un presidente americano.

En lugar de analizar con detenimiento la declaración de Trump, los congresistas demócratas, el New York Times, el Washington Post, las principales cadenas noticiosas de televisión y hasta muchos congresistas republicanos, se lanzaron a criticar al presidente por haber osado igualar moralmente a Moscú y a Washington. Lo cierto es que por más que he mirado la entrevista repetidas veces, no veo que Trump trató de igualar moralmente a Washington y a Moscú, solamente estableció un hecho, dando a entender que en la política hay que convivir con ciertas realidades desagradables. Pero la opción facilista era no analizar lo dicho, sino acusarlo de lo que no dijo.

Ciertamente, si se mira que George Bush, malaconsejado por Donald Rumsfeld, mintió sobre las armas de exterminio masivo para invadir Irak, lo que resultó en una guerra inútil que causó la muerte de miles de iraquíes y americanos inocentes, se le puede considerar un asesino. Lyndon Johnson también mintió al pueblo americano mientras preparaba unilateralmente la escalada de la guerra de Viet Nam, durante las elecciones de 1964, presentándose como un pacifista y acusando a Goldwater, una figura compleja, como un guerrerista sin conciencia, cuando él ya tenía decidido el destino de miles de americanos y vietnamitas.

Pero el problema mayor de la prensa americana es Stephen Bannon. El máximo responsable de la victoria de Trump. Un individuo a quien se le ve como la sombra detrás del poder, la eminencia gris, el equivalente del Padre José de Trump.

François Leclerc du Trembay, conocido como el padre José, fue el hombre que manipuló los hilos del poder durante el periodo que el Cardenal Richelieu dominó la política francesa. Fue prácticamente el creador de las fuerzas de la seguridad del estado, el antecesor de la Stasi, la KGB, etc. Fue el poder tras el poder, de él viene la frase “eminencia gris”, que se le otorgó por el color del hábito de los monjes capuchinos, y para mayor información, se debe consultar el libro de Aldous Huxley, titulado Eminencia gris.

Bannon es escurridizo. Es un hombre renacentista, muy inteligente. Se le acusa de fascista, antisemita, extremista y racista. Todo lo cual puede ser cierto, pero hasta ahora solamente se le ha podido probar que es culpable por asociación. Dirige la revista digital Breitbart News, que es una publicación de ultraderecha, afiliada al “alt-right” y con vínculos con figuras del Ku Klux Klan, que sin embargo fue creada en Jerusalén por dos judíos. Bannon ha sido productor y director de cine. Entre las películas que ha producido se encuentra The Indian Runner un largometraje escrito y dirigido por Sean Penn.

Bannon se ha ganado el derecho a tener un posición de gran poder en la administración de Trump, es su principal asesor y para muchos, es el verdadero presidente. Se le ha dado acceso ilimitado a equipos, foros y grupos de análisis que ningún jefe de equipo de la Casa Blanca ni asesor principal del presidente había tenido antes.

Es cierto que es una figura tenebrosa, pero…¿se le debe combatir con insinuaciones, medias verdades o hasta mentiras? Me pregunto si la mentira se debe enfrentar con otras mentiras.

El cuestionamiento anterior lo motiva un artículo de Jason Horowitz, periodista de The New York Times aparecido en dicho periódico el 10 de febrero cuyo titular reza: “Steve Bannon cita a un pensador italiano que inspiró a los fascistas”. El trabajo se refiere a una cita que hizo Bannon del filósofo italiano Julius Evola, una figura controversial de muchos matices, cuyas ideas, después de muchos escollos, fueron usadas en apoyo de Mussolini. Pero Bannon no lo citó para apoyar un punto de vista personal, sino que lo hizo durante un congreso en el Vaticano, en 2014, en un ensayo en el cual hablaba sobre las influencias que conformaron el movimiento de Tradicionalistas católicos. Una referencia bien fundamentada.

Peor aún, Horowitz cita a un profesor danés que cuestiona el interés de Bannon por la figura de Evola. Horowitz se refiere a Evola como figura oscura. Bueno, quizá para él, pero es un pensador de cierta importancia, que ha sido reivindicado anteriormente por grupos que nada tienen que ver con el fascismo. Cuestionarse el interés de Bannon por Evola, me huele a policía del pensamiento, me recuerda un profesor de personalidad que tuve en la universidad, a quien le intrigaba mi interés por las teorías de Abraham Maslow y me decía que eso era diversionismo ideológico, porque Maslow era un psicólogo burgués.

No dudo que Bannon sea un pro-nazi de ideas quizá despreciables, pero escoger el camino de la mentira o de la verdad a medias, para tratar de enfrentarlo, solamente justifica la clasificación de “alternative news” y “fake news” que peligrosamente utiliza Trump. Combatir mentira contra mentira nos conduce por esa senda tenebrosa que puede terminar en el fin del tejido institucional que por doscientos cuarenta y un años ha protegido a la democracia americana.


Roberto Madrigal

Monday, January 30, 2017

Una reseña crítica sobre mi libro


A continuación reproduzco la reseña que sobre mi recién publicado libro hizo Carlos Espinosa Dominguez, crítico de cine, teatro y literatura y profesor universitario. La reseña fue publicada en la revista digital Cubaencuentro el viernes 27 de enero.

El cine desde la otra orilla
A lo largo de varios años, Roberto Madrigal ha escrito puntualmente comentarios sobre las películas que ha visto. Acaba de recopilar esos textos en un libro, que refleja su experiencia como espectador

Carlos Espinosa Domínguez, Mississippi | 27/01/2017 


Roberto Madrigal es lo que se dice un cinéfilo fidedigno. Solo alguien merecedor de ese nombre es capaz de falsificar un pase de crítico para asistir a proyecciones a las que, de otro modo, no tendría acceso. Solo quien ama mucho el cine puede recorrer en auto, en medio de la lluvia, 177 kilómetros (y otros tantos a la vuelta), para ver la única presentación en su zona de un filme de Abbas Kiarostami. De esa pasión tienen constancia los lectores de este diario, pues desde enero de 2012 Madrigal publica puntualmente los comentarios de las películas que ve. Antes lo había hecho, aunque no de manera regular, en Linden Lane MagazineEl Miami HeraldCafé FuerteThe Cincinnati Enquirer, así como en su blog, Diletante sin causa.
En Críticas desde afuera (Término Editorial, 2016, 415 páginas), Madrigal ha recogido esa faena suya (no sé si está todo lo escrito por él a lo largo de estos años). El recuento que hace en su voluminoso libro refleja su experiencia personal como espectador. Aun así, es tan amplio como diverso y proporciona un panorama bastante representativo de las cinematografías, corrientes y directores que hoy marcan el rumbo de la producción audiovisual. Ese repaso es también una prueba de que Madrigal no ha dejado escapar cuanto estreno merece la pena.
Para quien no sepa nada sobre el autor de Críticas desde afuera, apuntaré que Madrigal es psicólogo. Esta otra actividad que tanto disfruta la realiza para dar cauce a su pasión por el séptimo arte, imaginando las películas desde la lectura. Se define como un crítico autodidacta, que se formó a través de los libros del francés André Bazin (¿Qué es el cine?), el norteamericano Andrew Sarris (El cine americano) y el cubano Guillermo Cabrera Infante (Un oficio del siglo XX). Y también, con todas las películas que vio en la Cinemateca de Cuba, en la etapa en que era dirigida por Héctor García Mesa. En la introducción de su libro, confiesa que nunca ha hecho vida gregaria con directores, guionistas y otros críticos, aunque a algunos los conoce superficialmente. En ese sentido, apunta: “Quizá eso me da una libertad de expresión inusitada. Puedo decir lo que quiero sin temor de ofender, aunque a veces sin querer ofenda”. Asimismo, dice estar acostumbrado a hacer las cosas por su cuenta y que es responsable de seleccionar los filmes que comenta.
En las páginas que sirven de introducción al libro, tituladas “El cine visto desde la otra orilla”, Madrigal describe en estos términos su concepción de lo que José Martí llamaba el ejercicio del criterio: “Pienso que una buena crítica tiene que informar, intrigar e interpretar. La información pone a la película en contexto, no solo la trama y los personajes, sino los realizadores y los actores también. Se intriga narrando un poco de la trama y comentando el curso del guión, de la edición y de la temática. Luego es requerido que el crítico interprete, que dé su opinión sobre los aspectos técnicos y de contenido que se hayan logrado o no, pero en una forma que suscite a la discusión. Que ofrezca una opinión personal y fuerte, pero que se exponga abierto a otros discursos”. Quienes lean los textos que publica semanalmente en este periódico, comprobarán que no se trata de meras palabras, sino de un decálogo que él aplica escrupulosa y eficientemente.
Los textos de Madrigal cumplen un requisito primordial: están redactados con un lenguaje periodístico claro y comprensible. No hallamos en ellos la más mínima pretensión de hacer literatura, lo cual quedaría fuera de lugar en un periódico. Cuando digo esto no quiero decir, desde luego, que no estén correctamente escritos, que lo están, sino que su autor no emplea un discurso rebuscado. Recuérdese que él mismo anota que uno de los propósitos que busca es informar, y para ello se vale de un lenguaje idóneo para tal fin. Igualmente, es oportuno recordar que se dirige a un lector común, no a un público especializado ni a la gente de la profesión. Una razón más para que, como vehículo, se sirva de un lenguaje accesible, que le asegura una comunicación directa y eficaz con su destinatario.
Sabe argumentar su satisfacción o su desagrado
Me remito de nuevo a las palabras de la introducción que antes cité. Madrigal dedica parte del espacio a interpretar y expresar su opinión sobre los distintos aspectos artísticos y técnicos que intervienen en una obra cinematográfica. En ese sentido, sus juicios están debidamente razonados. No se dedica a desgranar adjetivos o descalificativos, sino que demuestra por qué una película es buena o por qué no lo es. Busque el lector cualquiera de los textos que ha publicado en este periódico y verificará lo que digo. Por supuesto, se puede no estar de acuerdo con su valoración –este cronista confiesa que, en ocasiones, disiente de ella–, pero no puede negársele que sabe argumentar su satisfacción o su desagrado. Eso es, en definitiva, lo que corresponde reclamarle a un crítico: no que coincida con nosotros, sino que sea capaz de fundamentar su opinión.
Esa capacidad analítica que despliega en sus comentarios, en buena medida hace de ellos textos didácticos, entendido este término en su acepción más noble. Madrigal enseña al lector cómo se deben ver las películas. Pero lo hace sin petulancia, sin el aire de un maestro que pontifica. En eso tiene bastante que ver el estilo claro, conciso y ameno adoptado por él. Por otro lado, demuestra competencia para expresar ideas atinadas con unas pocas palabras: “Takashi Miike es un genio que no se toma en serio”; “A Most Dangerous Method es muy simplista para ser historia y muy poco imaginativa para ser buena ficción”; “Un poco de ambigüedad y especulación y otro tanto de riesgo le hubieran venido bien a Lincoln, pero timorato, Spielberg se limitó a un didactismo histórico muy reverencioso”; “Alejandro González Iñárritu se ha hecho famoso por convertirse en la versión hollywoodense del pensador profundo”.
El autor de Críticas desde afuera es, desde muy joven, un cinéfilo voraz. Eso quiere decir que ha visto muchas películas, entre las cuales figuran unas cuantas de las que se consideran capitales en la historia del séptimo arte. La asistencia regular y continuada a las salas como espectador ha contribuido en no poca medida a su formación. Él, además, se ha pertrechado de un conveniente caudal de cultura e información, que le proporciona la visión teórica y el distanciamiento necesarios. Este último aspecto es esencial en la faena crítica, en la que el voluntarismo y la improvisación no tienen cabida. Un creador puede “tocar de oída”; un crítico no. De no poseer la cultura cinematográfica que posee, Madrigal difícilmente podría valorar lo que la cinta húngara Son of Saul aporta de nuevo al cine sobre el Holocausto. De igual modo, tampoco podría justificar por qué The Hateful Eight representa una obra débil dentro de la filmografía de Quentin Tarantino.
Es también de elogiar en estos textos la independencia de criterios que mantiene su autor. En más de una ocasión va a contracorriente y no duda en expresar opiniones que discrepan con la mayoría de sus colegas. Quiero ilustrar esto con un ejemplo muy reciente, y que por ello no está incluido en el libro que aquí se reseña. Es el que dedicó al filme norteamericano La La Land, que ha concitado el entusiasmo unánime de los comentaristas y acaparado un carajal de nominaciones en los Oscar. Madrigal no comparte esas encomiásticas valoraciones y hace lo que acostumbra: expone su disconformidad con elementos de juicio.
“En unos párrafos no se puede hacer crítica seria de una película, y ese es el espacio de los periódicos. Una crítica total son cuatro páginas en una revista especializada. Lo otro en el fondo es una frivolidad, a la que jugamos, pero una frivolidad… La crítica diaria es una ficción”. Esas palabras pertenecen al director español Jaime Chávarri y las traigo a colación porque ilustran una confusión: no es lo mismo la crítica que se redacta para un diario que aquella destinada a una publicación especializada. Esta última aparece a posteriori, cuando ya el filme en cuestión ha bajado de cartelera. Su análisis es por eso mucho más riguroso y técnico, y se dirige a un público lector iniciado. La otra, en cambio, por su propia inmediatez funciona como un proceso de acción-reacción. Aunque no renuncia a dar valoraciones, la anima un fin informativo y de mediación entre el filme y su destinatario. Cuando está hecha profesional y rigurosamente, cumple ese propósito y el lector lo agradece.
Pienso que los textos que Madrigal ha recopilado en Críticas desde afuera son una prueba de que sí se pude realizar una labor crítica competente y útil desde un órgano diario. Todo está en que no sea un balbuceo de diletante, sino una faena hecha con conocimiento, responsabilidad y profesionalismo.